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Alberto González Alegre


Como un espejo que perdiese azogue, atado por naturaleza a presentar una imagen frontal, que ahora ofreciese los motivos de manera doble o triple, desconcertándonos y multiplicando el tiempo de muestra mirada. Así son los cuadros de Ángel Cerviño, cuanto más nítido es el código visual que sirve de inicio, más transgresora resulta la presencia compartida de su envés.

En origen se parte de una voluntad permanente de sorpresa, de dar la espalda a los códigos originales y previsibles, pero la propuesta no concluye en la obligación de replantear nuestro papel de espectadores por el hecho único de la evidencia de una lucha de contrarios. La red que Cerviño tiende, con máxima eficacia, porque también son máximos los estudios previos y los análisis, va mucho más allá de una simple lucha de estirpe binaria. Los códigos, sean icónicos (los números, el logotipo repetido en “Susi y Los viejos”), matéricos (el recurso a la pintura de automóviles) o de referencia y evocación (el molino que hace recordar el Gran Vidrio de Duchamp), se doblan sobre si mismos, se multiplican o, tal como el propio autor declara, ”ponen en evidencia los mecanismos de representación: desnudan la gramática”.

De alguna manera, estos cuadros, como espejos en los que el azogue se fuera perdiendo, trastocan nuestro modo natural de ver la pintura, proponen a los espectadores una suerte de rara situación: convencidos, por una parte de estar frente a pintura convencional, y por otro sintiendo el hormigueo de que en realidad lo que tienen delante no es otra cosa que una instalación.

Comprobad entonces por vosotros mismos que no es preciso apelar a la cibernética para obtener alteraciones intensas de los géneros y las maneras clásicas, como sin salir del espacio biimensional de lapintura caben los volúmenes, la evocación literaria e incluso las primeras lecciones físicas sobre los agujeros negros.

COMO UN ESPEJO QUE PERDIESE AZOGUE