FUEGO QUE ARDE SEGÚN MEDIDA Y SE EXTINGUE SEGÚN MEDIDA


“…nos cubriremos con el oro de no tener nada,
y empollaremos el ala aún no nacida
de la noche, hermana
de esa ala huérfana del día,
que a fuerza de ser una ya no es ala.”

(César Vallejo - TRILCE XLV)


Con la representación fractal del universo se viste de ropajes contemporáneos una metáfora que habita desde hace siglos entre nosotros: El camino hacia arriba y hacia abajo es uno y el mismo, según la formuló Heráclito en el Siglo VI antes de nuestra Era. Hoy los matemáticos lo denominan autosimilitud: una replicación, en todas las escalas, de tramos o estructuras formales.

Intuir sugerentes correspondencias entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño constituye una de esas fértiles imágenes que visitan a los hombres, en diferentes momentos de la civilización, excitando su imaginación geométrica al contacto con la textura de lo real. Un hallazgo que permite a la ciencia generar nuevas categorías de modelos matemáticos de la naturaleza y a los artistas explorar con nuevos instrumentos conceptuales la orografía de la realidad.

Guiada por la precisión helada de la analogía, se interna Rosalía Pazo Maside en la espesura, con una mirada que se sitúa en las antípodas del éxtasis devoto de los romanticismos. Verdadera prolongación del Taller, la naturaleza, como laboratorio de formas, es el lugar en donde han sido gestados una buena parte de sus últimos trabajos. Vida que crece y se despliega en perpetuo movimiento, que se ramifica imparable, integrando así en la propia obra al espacio que la acoge.

Estos HOLOGRAMAS ROTOS -en los que cada fragmento de cristal quebrado contiene la totalidad de la imagen representada- se articulan en torno a la constatación de que los mecanismos naturales de crecimiento y ocupación del espacio, responden a un número limitado y finito de procedimientos, procesos que se hacen visibles, con idéntica estructura, en los diferentes niveles de realidad.

Una realidad que ya no puede ser leída como un todo continuo, como un texto con un principio y un final, sino como un conjunto de frases musicales, un entramado dinámico sujeto a variaciones rítmicas, del cual es posible extraer ostinatos que se reiteran en distintas posiciones, evidenciando un isomorfismo esencial que recorre transversalmente los fenómenos más dispares, generando insólitos parentescos. Simetría que ejemplifica con extraordinaria pureza la pieza titulada “Espacio contenido”, en la que el sencillo gesto de un espejo duplica, en un único e idéntico trazo, ramas y raíces, cielo e infierno, muerte y deseo.

La taxonomía de lo real que ha emprendido Rosalía Pazo no se demora, en contra de lo que pudiera parecer, tras una lectura superficial de esta exposición, en el potencial simbolizador de los elementos que incorpora a las obras. Si bien resulta imposible escapar totalmente a la densa carga alegórica que soportan objetos/símbolos como árbol, raíz, hoja…, la artista ha asumido con decisión la limpieza radical que ejerció el minimalismo sobre toda la escultura que se ha realizado en el último tramo del Siglo XX y ha dotado a sus piezas de una ligereza formal que las hace rabiosamente contemporáneas.

Los materiales (incitándonos con engañosas resonancias y evocaciones de los postulados del Póvera más vital y menos academicista) son tratados con distanciamiento e ironía, trabajados manualmente hasta conseguir un acabado de apariencia tecnológica y un aspecto de producción informatizada, de esta manera multiplican el equívoco y vienen a sumarse a la fiesta de la simulación, a participar en los juegos de sentido.

Se trabaja con conjuntos de acontecimientos, formal y conceptualmente autosimilares, que se comportan como temas musicales, bloques de notas sometidos a secuencias binarias de identidades y oposiciones, permutaciones y contrapuntos.

La pieza titulada ”Red viaria”, que hace sólo unos meses ocupaba majestuosamente la nave central de la iglesia de S. Martín Pinario en Santiago de Compostela, es una buena muestra de la sutil forma de actuar de esta artista: consigue fundir, en un solo movimiento, secuencias de fenómenos naturales (la raíz desplegándose secreta en el subsuelo) y procesos culturales (las líneas eternamente bifurcadas de los senderos del hombre).

La consecuencia plástica de tales planteamientos no es otra que una profunda implicación del espectador en la obra. Las líneas de nuestra propia ansia, de nuestros propios temores y elecciones, terminan fuertemente ensarmentadas en la trama hábilmente tendida por la artista. Hemos caído en la red, hemos sido atrapados por la precisa retícula que nos mantiene inmóviles, con la mirada prendida en un centro diáfano donde, según sus propias palabras, “manar debiera la savia estremecida del poema”. Las expectativas se verán colmadas.

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