Arquitectura de la desolación.
Esculturas de Jesús Valmaseda


Con Usura

Con usura ningún hombre tiene casa de buena piedra
…/…
La usura asesina al niño en el vientre
Impide el galantear del muchacho
Ha traído parálisis al lecho, yace
entre la novia y el esposo
CONTRA NATURA

Han traído putas a Eleusis
Cadáveres se han sentado al banquete
Invitados por la usura

(Ezra Pound – Cantar XLV)


HAN TRAÍDO PUTAS A ELEUSIS. Habitamos un espacio profanado por la codicia. Casa/Bunker del deseo, construcción sin vanos, ámbito cerrado y claustrofóbico, que entrechoca con otros proyectos vitales a la deriva.

Espejismo de la seguridad. En palabras del propio Valmaseda, el hogar, paradójicamente, nos hace vulnerables: al cobijarnos exhibimos nuestros miedos, zozobramos a merced de todos los vientos.

Como en series anteriores, las piezas que ahora presenta Jesús Valmaseda se articulan alrededor de una idea conductora, en torno a la que el conjunto de obras se despliega de forma casi biológica, alimentándose unas de otras, entrecruzándose conceptos, compartiendo savia y raíz.

Las rígidas ondas de Uralita aportan la sobria plasticidad de sus líneas a unas casas ciegas, que brotan como cristalización de temores, se desmoronan como pasiones erosionadas o se inclinan como vidas arrasadas por la riada de los días. El material impone sus ritmos a esta arquitectura de la desolación. “El arte ha de nacer del material. Cada material tiene su lenguaje, es un lenguaje”. (Jean Dubuffet)

El pensamiento toma cuerpo, se hace forma en una suerte de matemática del chabolismo, deterioro calculado con absoluta precisión. Valmaseda construye -lo ha hecho desde niño- escondites, que ahora se transforman en lugares metafóricos para la celebración de oscuros ritos de encierro: ceremonias de muerte y resurrección. Lo que aquí se pone a resguardo, lo que se pretende salvar del naufragio no es otra cosa que la memoria. La casa como contenedor de memoria personal y colectiva, eso es lo que arrastra el barro de la marea mediática, lo que arrolla la cháchara inocua que nos deshabita.

Es una constante en la obra de este escultor su actitud crítica, vigilante, frente a la presión sin tregua a que nos someten las diferentes estructuras de dominación, responsables del modelado de la experiencia sensible y de la creciente homogeneización de las conciencias.

Memorables resultan, en esta dirección, sus “TROQUELES” y “COMPUERTAS” de 1992, que constituyen sin duda una de las creaciones más desgarradoras de la última escultura contemporánea, más devastadoras todavía por el silencio y el recogimiento sin estridencias con que se instalan entre nosotros, como si el autor trasladara sutilmente, al terreno formal, el comportamiento sigiloso de los mecanismos responsables de la configuración de la sensibilidad.

Nítidas cajas de metal, precisas en su funcionamiento de falsas puertas que cierran, siempre cierran, falsos vanos. “Non hai nelas espacio nin existe a sua posibilidade …/… abertas, amosando nada, coas suas asas tentadoras, ollándonos dende o seu absurdo, dispostas a presión” como afirmaba de ellas otro artista, Xosé Carlos Barros, en el texto del catálogo de aquella exposición. (PRESIÓN, Galería Bacelos, Vigo, 1992)

Estamos atrapados, nos hemos convertido en súbditos de nuestra propia incapacidad para rebelarnos, para generar vida no troquelada. Un sentimiento de pérdida aletea sobre todas las obras de esta nueva serie, un sentimiento de pérdida que no de renuncia, pues tomar conciencia de lo perdido es el primer requisito para su restitución. Porque realmente nos hemos hecho pobres. “Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeño, por cien veces menos de su valor, para que nos adelanten la pequeña moneda de lo actual.” (Walter Benjamin)

El trabajo del artista se presenta así como un dique de resistencia frente a la clonación ideológica y los implantes de sentido inducidos por la industria del entretenimiento, una defensa de lo personal ante la apoteosis nupcial del espectáculo y la mercancía.

Si el yo es un ready-made, si encontramos hecho nuestro modo de sentir y de pensar el arte ha de cultivar nuestra capacidad de discernimiento, ayudarnos a sobrevivir en los pliegues del sentido y organizar la resistencia. “El valor y la vigencia del arte reside precisamente en que aún hoy sigue siendo la gran alternativa a la homogeneización sensible global de la experiencia, la vía más fuerte de afirmación de la diferencia y la singularidad. …/… a través de la impronta que marca en la configuración de la sensibilidad, nos enseña el camino para la decisión más importante: para poder decir no.” (José Jiménez).

Si lo personal no es más que un coágulo de lenguaje y lo que consideramos más propio e intransferible se nos revela voz prestada, ridículo Karaoke, ¿desde dónde hablamos?

El arte nos ejercita, nos obliga a rastrearnos en los intersticios que el decir calla pero connota, allí donde no llena y crea oquedad para que el Yo repique. Eco, vibración, revoloteo del sentido en los pliegues del habla. Paradoja inaugural, lo que yo soy anida en aquello que me es más extraño: el código y la convención. Experiencia es a la vez sinónimo y antónimo de memoria.

Salir del laberinto exije coraje, asumir crativamente la fragmentación. Sólo nos pertenece el temblor que se tensa al filo de lo decible, aquello que, al desgaire de la gramática, se equilibra apenas sobre el balbuceo ininteligible. No tengo intimidad porque yo sepa quién soy, sino porque soy aquél para quien nunca se agota el sentido de la pregunta ¿quién soy? (José Luis Pardo).

Nadie más fiel que Jesús Valmaseda a esta búsqueda sin objeto aparente, nadie más comprometido que él con la senda de la continua experimentación. Cualquiera que haya asistido al desarrollo de su tarbajo durante estos últimos años ha podido sentir el despliegue de una gran fuerza vital enfrascada con toda clase de formas y materiales, sin acomodarse jamás en los hayazgos, avanzando con decisión en territorios desconocidos. Levantando sus edificios contra la usura del tiempo, porque quizá la confesada muerte del corazón no es sino un sacrificio ritual, el gesto votivo que enmascara un más fuerte deseo de vida y armonía.


BIBLIOGRAFÍA:

Walter Benjamin (1933), Discursos Interrumpidos I, Taurus, Madrid, 1973.
Jean Dubuffet (1967), Escritos sobre arte, Barral, Barcelona, 1975.
José Jiménez, “Un arte dislocado”. Revista de Occidente, Nº 225, Madrid, 2000.
José Luis Pardo, La intimidad, Pre-Textos, Valencia, 1996.


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