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HACIENDO TIEMPO
¿Qué vamos a ser después de posmodernos?

 

“Con el tiempo se ha dado al hombre un regalo amargo y dulce
a la vez. El limitado espacio en que queda acorralada nuestra
vida nos pone con extrema claridad ante los ojos nuestra
responsabilidad para con nosotros mismos y para con los demás.”
(Andrei Tarkovski, Esculpir en el tiempo)

 

El transcurrir del tiempo como experiencia moral es sin duda una de las claves en que puede ser leída esta exposición, con la que se conmemora el 5º aniversario del MARCO, un museo inaugurado –no lo olvidemos- cuando todavía se estaban recogiendo los escombros de los atentados del 11S, la madre de todos los espectáculos, una explosión que liquidó de un plumazo una buena parte de las estrategias artísticas de la posmodernidad, la traca final del ruidoso siglo XX. El impacto fue tan brutal que todo el arte que se ha hecho después acusó el golpe, e incluso -y evidentes pruebas de ello se pueden encontrar en esta exposición- se impuso la necesidad de ensayar nuevas miradas sobre trabajos anteriores: se hizo absolutamente imprescindible una profunda reorganización de los archivos. Artistas, críticos, museos, comisarios, todos hemos tenido que trabajar desde entonces a la sombra inexistente de las Torres Gemelas y sus múltiples secuelas: la invasión de Irak, los autobuses de Londres, los trenes de Madrid...


En palabras de uno de los comisarios de la exposición (Isabel Carlos) “el futuro después del 11 de septiembre dejó de ser prometedor”; pero también al pasado, al menos al más inmediato, le sucedió lo mismo: se convirtió de improviso en un lugar poco acogedor, en el que el tiempo transcurría de una manera más lenta y pesada, como si de repente se hubieran espesado sus fluidos y cualquier movimiento, físico o mental, tuviera que vencer una mayor resistencia y reclamara más esfuerzo. Muchas obras, muchos discursos, adquirieron retrospectivamente nueva significaciones.


El arte emprendió un camino de retorno al tiempo histórico, una relocalización, en el sentido inverso a la deslocalización preconizada en décadas anteriores (“La deslocalización con la que nos las tenemos que ver hoy es en cambio una deslocalización absoluta, sin lugar. El arte no puede estar en ningún sitio, no existe más que como emisión y recepción de una señal” Paul Virilio). Se trata entonces de revertir el proceso de dislocación temporal que, según el propio Virilio, condujo a la virtualización de las acciones mientras suceden, lo que evidentemente situaba cualquier acto al margen de la esfera de la responsabilidad moral. El sujeto se torna espectral en un presente percibido únicamente como inmediatez, como sucesión sincrónica (si tal cosa fuera posible) de flashes en la pantalla. “Todo queda nivelado como representación” (José Jiménez) porque, quizá deslumbrados por los medios técnicos, hemos dejado escapar a la pieza para perseguir su sombra. El triunfo del simulacro se asienta sobre esa confusión –que los sistemas de dominación política y económica están, obviamente, interesados en perpetuar- entre experiencia y representación.

Contra todo pronóstico, el sujeto –la otra víctima propiciatoria del proyecto posmoderno- no estaba muerto, sólo estaba durmiendo la resaca de una tremenda borrachera de representaciones. La caída de las torres lo despertó a un paisaje agreste y desolado: la fiesta había terminado y tuvo que ponerse a la tarea de recoger los desperdicios, los vasos rotos y las mesas pegajosas.

El sujeto, a lo largo del siglo XX, entró en crisis por dispersión: sometido a sucesivas erosiones y atomizaciones que se sucedían cada vez a mayor velocidad, hasta hacer imposible cualquier montaje siquiera provisional de los fragmentos; así pues cualquier proyecto de revitalización del sujeto ha de partir inevitablemente de esas partículas elementales a las que se ha visto reducido y que no son sino partículas lingüísticas. Las nuevas identidades se levantarán sobre una escombrera de lenguajes. “Imperceptiblemente, de la teoría negativa del sujeto emergió un yo que deseaba hablar y cuidarse de sí. Súbitamente el fantasma imaginario empezó a salir de su abandono y a defender su intimidad …/… el yo rinde testimonio de su capacidad de sufrimiento.” (Alberto R. De Samaniego)

Esas dos estrategias básicas, en tanto que tareas imperiosas del presente (re-historización de la experiencia y re-vitalización del sujeto), se hacen notar, con diversos y aun contradictorios enfoques, en muchas de las obras y artistas presentes en esta exposición, pero nadie las muestra de forma más clara y evidente que Ignasi Aballí; de las dos producciones que pueden verse en el MARCO, una (Materia textil) apunta a la indagación sobre la propia identidad, rastreándola en los desechos más nimios e impersonales: las pelusas de sus ropas que van quedando atrapadas en la secadora doméstica; y en la otra (Calendario 06) fija su atención sobre la representación del tiempo presente (ese que cada día se hace pasado en el periódico de ayer) tal como queda congelado en los medios técnicos de producción de sentido –léase producción de ideología-, en este caso utilizando las fotografías de portada de El País a lo largo de todo un año. Matthew Buckingham (Image of Absalon to be Projected until it Vanishes), indaga también en esta corriente que quizá se podría denominar contra-documentación, elaborando un documento plástico, pulcrísimo y eficaz, sobre el paso del tiempo y el desgaste inevitable de los relatos del poder.

El argentino Gustavo Romano (Oficina de reintegro del tiempo perdido) elabora quizá el manifiesto más explícito, y también el más divertido, sobre la necesidad de revertir al individuo, a cada individuo, su experiencia personal e intransferible de la dimensión temporal de su existencia, y de paso pone en escena una jocosa parodia del TIME IS MONEY de nuestros pecados mercantiles. Experiencia física, y aun metafísica, del tiempo es lo que evidencia la película de David Lamelas (The invention of Dr. Morel), una investigación sobre el tiempo fílmico de franca raíz tarkovskiana.

Las propuestas no pueden ser más diversas y cubren al completo el espacio expositivo del MARCO con todas la gama imaginable de Vanitas, fantasmagorías y desapariciones: desde la rotundidad fotográfica de Allen Ruppersberg (Doing Nothing) o Igor & Svetlana Kopystiansky (The Day Befote Tomorrow), hasta la sutileza fílmica de Tacita Dean (Baobab); la parodia del paisajismo romántico, con su tempo ingenuo y sobreexcitado, en los doce lienzos (Paisajes románticos con elementos ausentes) de Nedko Solakov; la documentación de acciones de fuerte carga política (St. Frigo) de Jimmie Durham; o la heladora poesía de Jorge Barbi (Todo el tiempo del mundo) siempre fuertemente trabada a la materialidad pura y dura de cada uno de sus trabajos.

Pero esto no es más que el punto de partida de uno de los múltiples itinerarios posibles, en una exposición cruzada de infinitos senderos y no pocos laberintos. Pasen y vean, gasten algo de su tiempo, ese regalo envenenado, entre las obras de “Tempo ao tempo”, no lo perderán.