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IGNACIO BASALLO / Vou, veño, volvo

Galería María Prego
C/. Luís Taboada, 21 – 2º izq.
36201 Vigo
www.galeriamariaprego.es

 

Lo recuerdo perfectamente, comenzaba el año y Basallo volvía a Vigo con una carga de nuevas obras: las desplegaba ante nuestros ojos con la sorna de un buhonero dadaista mostrando su colección de fetiches de ultramente.


Cuando las vi pensé que los niños, si todavía les quedara un rastro de inocencia, deberían perseguirle por los caminos para robarle esos misteriosos juguetes de utilidad desconocida pero inquietante presencia (¡qué juegos no sería capaz de imaginar su perversa ingenuidad !); las jóvenes vestales de la ciudad tendrían que luchar entre ellas para conseguir alguno de los pocos artilugios más pulidos y brillantes cuyas posibilidades ruborizarían a un gimnosofista; un viejo revolucionario podría colarse, con nocturnidad y escala, en la penumbra de la galería cerrada para hacerse con las piezas de lo que parecía ser un dispositivo que, si se montara adecuadamente, sería capaz de acabar de una vez y para siempre con todo el orden establecido (y aun con los órdenes menores que sueñan los utopistas). La Iglesia no se a que espera para prohibir que se cite su nombre en los lugares de culto, y la Autoridad, si no estuviera ocupada en nimiedades sin sentido, debería estudiar seriamente la posibilidad de confiscar estos instrumentos de placer y tortura, antes de que la risa y el llanto que esparcen acabe por ponerlo todo patas arriba.


Pero nada de esto sucedió, y nosotros seguimos charlando como si tal cosa, haciendo como que no pasa nada. Basallo inauguró su exposición, fuimos sus amigos y conocidos, coleccionistas y críticos, artistas y diletantes, bebimos vino en vasos de plástico, nos dimos abrazos, comentamos lo último,… y no pasó nada. Basallo fue de un grupo a otro, saludó con una sonrisa tan gallega que parecía un trampero de Minesota: dejó puestas las trampas y se volvió a su cabaña. Para cuando quisimos darnos cuenta de que nosotros éramos la pieza a cobrar ya fue demasiado tarde y no hubo remedio: fuimos cautivos de esas formas encontradas que nuestra pereza desatiende cada día, presos en la pátina lechosa de lo cotidiano, atrapados en la sorpresa irreverente de una textura fuera de lugar. Descubrimos entonces que un papelito doblado puede hacer más daño que una cuchilla recién afilada, o que una funda de escamas de latón cuestiona por completo nuestra autoestima, o que el papel de aluminio que envuelve otra pieza nos puede quitar veinte años (o dos días), …y que un cordelito medio deshilachado es, a veces , la única esperanza que nos queda.

Algunas esculturas de Basallo deberían tener grabadas, en algún lugar secreto y no visible, estas palabras de Cesar Vallejo:
“otro hombre dijo:
-el momento más grave de mi vida, ocurrió en un terremoto en Yokohama, del cual salvé milagrosamente, refugiado bajo el alero de una tienda de lacas”.


Ignacio Basallo